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Redes sociales

Cadena perpetua

Por Luis Marín

Las cadenas son una violación masiva de Derechos Humanos, si se considera que la libertad de expresión y comunicación son derechos humanos fundamentales. Importa poco que éstos sean despreciados por un acuerdo tácito de élites porque siguen siendo irrenunciables, no taxativos y su catálogo es tan elástico como la osadía de los tiranos.

Por un lado, cuando uno solo acapara el espectro radioeléctrico excluye a los demás del acceso a un medio al que todos tienen idéntico derecho; por otro lado, les está privando de la posibilidad de elegir lo que quieren ver u oír y, en la mayoría de los casos, obligándolos a ver y oír lo que no quieren.

De manera que la violación es doble: una, impidiendo hacer lo que se quiere; la otra, obligando a hacer lo que no se quiere. Ambas son atropellos intolerables, pero lo primero que llama la atención es la escasa resistencia que despiertan, sea en los afectados directos, esto es, la población usuaria; luego en la élite dirigente, el liderazgo político y los hacedores de opinión que también son afectados directos; por último, de los medios mismos que, en principio, son negocios privados.

Para poder explicar una situación tan incomprensible habría que apelar a un poco de historia, que en nuestro caso resulta muy sencillo porque desde su fundación Venezuela siempre ha estado regida por caudillos militares que nunca han tenido el menor respeto por las opiniones de los demás.

Pero luego ha estado dirigida por caudillos civiles de ideología socialista, sea marxista o cristiana, que tampoco han mostrado ninguna atención por las opiniones ajenas, al contrario, el afán de homogeneidad y nivelación de la opinión han sido siempre objetivos íntimamente acariciados y explícitamente declarados.

Las cadenas, hay que reconocerlo, son un legado del período democrático, lo mismo que las confiscaciones, expropiaciones y el llamado “fin social de la propiedad”; pero claro, como en todos estos casos, antes se ejercían con moderación y dentro de parámetros de cierta legalidad y racionalidad, única diferencia tangible entre socialismo y comunismo.

Esta es otra demostración, si hiciera falta alguna, de que el chavismo no es otra cosa que la etapa superior del adequismo, es decir, una suerte de exacerbación de los vicios pasados, dentro de los que hay que incluir la corrupción, el nepotismo, el sectarismo y el más olímpico desprecio por las demás personas, incluso, por supuesto, sus derechos a tener una opinión libre y responsable, basada en una información independiente.

Así puede explicarse, de paso, el porqué la oposición oficial no protesta por las cadenas sino muy por el contrario, muestra una suerte de satisfacción al participar en ellas, como si prefiguraran lo que sería su propio gobierno, teniendo en sus manos las posibilidades de arbitrariedad y abuso consolidadas en estos años de tiranía militar comunista.

Todos demonizan al unísono la palabra “privatización” como un anatema mortal; ninguno dice que haya que eliminar el control de cambios, ni de precios, el monopolio estatal sobre la industria petrolera o cualquier otra, dar libertad económica o cualquier  libertad, porque eso sería “liberalismo” que, como se sabe, está proscrito del lenguaje oficial, tanto del gobierno como de su alternativa democrática.

Debe observarse que la oposición se define democrática pero aclara que no es liberal, lo que es significativo considerando, por ejemplo, que la República Democrática Alemana, de Vietnam o del Congo, entre otras, ponen de relieve que comunistas y demócratas han encontrado un denominador común: el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo como coartada para la tiranía perfecta.

De manera que no debe abrigarse la menor esperanza de que el “¡abajo cadenas!” tenga algo más que el significado simbólico de himno para ser canturreado cuando convenga.

Habrá cadenas para todos y para rato.

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