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Como un rayo fulminante en el corazón de lo grosero: a propósito del 169 aniversario de Friedrich Nietzsche

 
Me compré mi primer libro de Nietzsche estando en el segundo año de la universidad, en una librería que, como muchas otras cosas en Caracas, es hoy parte de la historia lejana y triste de un pasado mejor. El anticristo me produjo por aquellas fechas cantidad de sobresaltos y quemaduras; vaya que fueron necesarios e importantes esos impactos sobre mi espíritu, ávido como estaba de exploración y de verdades duras de aceptar. 

 
El autor de La genealogía de la moral no acepta puntos intermedios: o lo tomas o lo dejas. De hecho, sigo siendo de la creencia de que Federico El Máximo(como le llamo ahora) no puede generar neutralidades en torno suyo: su obra no admite meras “curiosidades intelectuales”, pues su lectura es fuego: tanto para las almas metálicas -por forjar-, como para los espíritus maderosos que terminan carbonizados por su incendiaria profundidad. 

 
Para alguien interesado por la política y por el acontecer nacionales, el autor de El crepúsculo de los ídolos termina siendo también un guía para aquello de atreverse a opinar con el martillo. La potencialidad de escribir con estilo no llega sino después de muchos golpes en el proceso, pero Nietzsche definitivamente es una ayuda para todo aquel que quiera dominar el arte de decir mucho con poco, de cerrar bocas y de generar descargas violentas de energía en un entorno que ha devenido en pasividad e indignidad, propias de cómplices. 

 
Nuestra cultura misma es decadente, y con ello nuestra política, nuestra economía, nuestra cotidianidad, nuestra estética, nuestros valores, nuestras “instituciones”, nuestra sociedad en sí… estamos en una época tardía, cansada, de declive y de ocaso. Esto es, a mi criterio, la máxima señal de que se avecina la irrupción de una fuerza que, cual volcán, hace aflorar en la superficie el magma del instinto creador histórico de una Nación, hoy en ruinas. Somos, como parte de Occidente, una cultura grosera: eso resume lo feo, lo falto de originalidad y lo enfermo. Y en esto me incluyo con el lector porque, lejos de ser yo un pesimista apocalíptico, estoy apelando a la capacidad de todos esos espíritus nobles y libres que me leen; estoy apelando a tu habilidad de ver la vida trágicamente. 
 
Escribo lo que lees porque quiero despertar en ti una visión del mundo que no arrastre las ataduras morales que nos hacen pensar en el “deber ser”, al mismo tiempo que nos llevan a olvidar lo que es y nos retrotraen a la inacción: la cual es consecuencia directa de apelar siempre a las ideas preconcebidas sobre lo bueno y lo malo, para ver la vida. 

 
No sería apropiado, para conmemorar a Nietzsche, sentarnos a lloriquear sobre lo mal que estamos como sociedad o como país (quizá debiendo hablar de “ex sociedad” o de “ex país”). No. Lo verdaderamente noble, fuerte y grandioso es mirar directamente en el corazón a lo grosero y estar preparado para atravesarlo con la misma lanza de Aquiles, o bien para fulminarlo con un rayo que le robemos al propio Zeus. Porque lo virtuoso no es inventar un sistema de ideas perfectas, absolutas e imposibles, para tratar de superponerlo a lo que existe y así olvidarnos un rato de la realidad decadente que nos rodea. Eso sería lo típico para un animal débil. Lo heroico es poder pararse en el ojo del huracán de lo grotesco y, luego de entenderlo y aceptarlo, combatir – a muerte, si es necesario, y sin convertirse en monstruo. 

 
El señor que escribió los punzantes aforismos de Aurora, los fragmentos ensayísticos de El nacimiento de la tragedia y los deslumbrantes pasajes de Así habló Zaratustra no fue cualquier escritor más. Nietzsche puede ser entendido como una resurrección -literata e intelectual- de Julio César, de Napoleón o del mismísimo titán Prometeo: una resurrección de la luz antigua en medio de la oscuridad moderna. Y nos enseña que vivir con coraje, siguiendo a ninguno excepto a uno mismo, no es meramente un cliché reciclado por los mercaderes de la autoayuda: mantenerse fiel al propio ser es abrazar la Libertad, que no es otra cosa que la esencia del hombre. Ese hombre que es caos y orden, pasión y razón, armonía y dolor… todos al mismo tiempo, no se halla fuera de sí: el hombre grande debe entender que su “fatalidad” está en forjarse un destino propio, en el inocente devenir del universo, para trascender en el tiempo de lo mortal y lo terrenal. Los hombres que queremos abrazar nuestro ser, para aspirar a ese salto inmortal que brinda la Historia, tenemos que comprender y actuar en función de una sola máxima: o la Libertad o nada. 

 
En la Venezuela Futura es la nobleza la que vence por sobre la esclavitud, y la excelencia la que pisotea la mediocridad; no al revés. Si aprendemos a vivir cada día en concordancia con nuestra esencia, no tenemos nada que temer. ¡Seamos sabios y guerreros al mismo tiempo! No temamos destruir lo penoso para poder construir en el orgullo; no temamos ser diamantes frente a los que no pueden alcanzar más que el estatus de carbones de cocina. 

@DavidGuenni 

@VFutura

 

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