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Cuando el semejante desaparece: un ensayo invitando al rescate de una cultura

Por Cristina Barberá
Hoy quisiera abordar un asunto que comienza en un relato íntimo. La inspiración nace en un llanto, como la vida misma tal vez, que llegó mientras dormía. Se trata de un sueño que tuve, de esos que te mueven el alma y que evocan ya en la vigilia afectos, pensamientos y revelaciones antes no hilvanados.

Iba así más o menos mi creación onírica…

Una hermana del alma venía de visita. De aquellas con las que existe, por decirlo de alguna manera, una constancia interna que sostiene un “nosotros” y un “tú y yo”, que va más allá de las distancias y asincronías (una fortuna sin duda).

Mi amiga-hermana volvía entonces del exilio y nuestro re-encuentro estuvo envuelto en lágrimas todo el camino. Llanto de rebosante alegría de re-encontrarnos y de la profunda tristeza de estar lejos tanto tiempo. Además había plena conciencia en ambas de que la lejanía era “forzada” por circunstancias geopolíticas despiadadas (muy diferente a distancias dadas por otras diversas e individuales circunstancias). En el sueño nos paseamos por múltiples parajes conocidos y queridos, como nuestra casa de estudios, playas, carreteras, taguaras, areperas, etc. Conectábamos con ese lugar común en el cual se gestó nuestra amistad y estábamos realmente felices de revisitarlos. También estábamos tristes, pues sabíamos que era por un rato nada más; ella debía regresar pronto al exilio, y más allá de su propia partida, se sentía un exilio mayor, un exilio en y de la propia tierra conocida; su ausencia así lo denunciaba; se iba más por necesidad que por deseo. Nuestras aventuras oníricas incluyeron también discusiones, reuniones y estrategias contra el comunismo del siglo XXI y sentíamos esperanza para luchar. Así me desperté hoy. Las lágrimas me acompañaron de cuando en cuando durante todo el día. Más allá de la referencia a una historia personal, creo que este re-encuentro en sueño, también representa una vivencia que considero compartimos muchos venezolanos y no me refiero sólo a tener seres queridos en el exilio; me refiero al regocijo cuando Venezuela está, y al dolor cuando Venezuela no está.

Venezuela que existe cuando me paseo por el balneario de Macuto un sábado por la mañana y disfruto del paisaje, del sol, del agua cristalina, de los pescadores llegando, del contacto y compañía de otros… otros semejantes… otros que como yo buscan conservar un espacio, un lugar donde poder honrar lo que aún nos queda y que nadie puede quitarnos. Nos “olvidamos” juntos por un rato de lo que nos oprime y pulsamos por re-crear, re-producir, un espacio sano, luminoso y conectado con lo natural y humano que nos rodea, por un momento si quiera. ¡Y valga que nos lo merecemos! Y así, te encuentras; contigo y con otros; con la Venezuela que permanece. Te regalan en la playa una mandarina, les regalas un chiste y así la cosa fluye… Así también ocurre si estudias y lo estudiado se enriquece en una discusión académica diversa. O cuando en tu trabajo le prestas un buen servicio a alguien y te reconoce, recibes un gracias y justa remuneración, ¡y al revés! si eres cliente de un buen servicio. Esta parte no es un sueño. Es una Venezuela que está y vive.

Sin embargo, también emergen la amargura y las lágrimas de la Venezuela que no está. Esa que se impone cuando se acaban las amistosas mandarinas, chistes, discusiones académicas, el valor del esfuerzo y la capacidad de gratitud. El encuentro con el otro se rompe pues éste pierde de repente su cualidad de semejante. Protagonizan así el escenario; los maltratos, mentiras, corrupciones y humillaciones. El otro se desvanece como un gas muy volátil. No existe o su existencia es denigrada y desmentida. Lamentablemente esto no es un mal sueño. Es la Venezuela que no está “sana” y que por momentos pareciera asfixiar completamente a la otra.

Llego entonces a una revelación interesante siguiendo las asociaciones oníricas. Me encuentro con un núcleo problematizado de nuestra cultura y se trata de la disponibilidad o no que albergamos para un otro. Un semejante, que no es más que un individuo que se parece a mí pero que al mismo tiempo es diferente a mí. Comprender esto es vital a mi entender.

Sin esta comprensión quedamos atrapados en dos extremos: uno de ellos aquella afirmación absoluta de quetodos somos iguales, quedando despojados así de nuestra individualidad al más puro estilo comunista. Imaginemos por un instante que tu derecho a “ser” individual-diferente está censurado o satanizado; ¿cuánto odio puede sentirse entonces por aquel que se atreve a no ser igual al resto? ¿a ser sí mismo? La intolerancia a las diferencias y diversidades se instala y las escalas pueden ser holocáusticas cuando se salen de proporción. El otro extremo sería el polo en el que “todo es respetado y aceptable” “todo vale” llegando entonces a escenarios caóticos; pues no todo es aceptable; no lo es el maltrato, la corrupción, ni la neutralidad en numerosos escenarios sociales e individuales. Si se dan cuenta, en ambos escenarios se pierde la cualidad y el espacio vital para el semejante: aquel que se parece a mí, pero que es también diferente a mí. Es una cuestión de discriminación y discernimiento. Tareas difíciles pero no imposibles.

Existe otro aspecto en el llanto de un sueño que no quiero dejar por fuera. En mi extrapolación, éste representaría al doloroso registro de un efecto de lo geopolítico y cultural que nos toca profundamente; el descubrirnos extorsionados por las circunstancias. La sobrevivencia, los derechos y la autonomía están en jaque día a día en nuestra actualidad. Esto abarca nuestros deseos, principios, ética y valores. Idiosincrasia vieja pero que en los últimos 18 años se ha desabordado, siendo reforzada por discursos políticos insistentes. Nos encontramos pues denunciantes de aquello que al mismo tiempo nos sentimos coaccionados a sostener. Por ejemplo, ¿cómo reclamar de corrupción si necesitando un pasaporte con urgencia o no, (si puedo) probablemente incurriré en pagar a la mafia para obtenerlo? Evidente un agudo conflicto de intereses. Otro ejemplo… “la vía democrática es la electoral, pero si voto aquí me pueden hacer fraude… pero entonces tenemos que ser muchos para que le ganemos al fraude cantado… ok, somos muchos ahora… tampoco pareció tener efecto… pero en la próxima elección tengo que votar porque sino soy un mal ciudadano y la abstención tampoco funciona… mmm… ¿pero al final mi voto legitima y reviste de democracia a un régimen totalitario?” ¿Explico la confusión? ¿El jaque mate en el que nos encontramos?. Tenemos protestas diariamente porque la humillante bolsa CLAP no es humillante (eso es lo de menos), ahora es un “derecho digno” que no llega por el cual protesto con fuerza. Tanta perversión de valores me deja profundamente triste y frustrada. Pareciera que desde hace años estamos en un circuito cerrado donde el régimen siempre gana. Si protestamos “gana” por violentos “guarimberos”, si nos quedamos tranquilos y esperamos al sufragio “gana” también. ¿Cómo no llorar? ¿Dónde encontraremos espacio para rescatar nuestra ética, dignidad y libertad?

Una posible vía la descubro revisitando el lado dulce de mi sueño, su recorrido y su final esperanzador. Estaría entonces en todos nosotros esforzarnos por re-conocer y re-conectar con la Venezuela que sí está. La Venezuela donde aún existe un encuentro con un otro, natural y humano. Está en nosotros disponibilizar ese espacio interno. Ahí creo está la semilla de la desobediencia; identificar lo que no te pueden quitar y preservarlo. Esto es combustible para tu dignidad y Libertad. Demos fuerza a la Venezuela que lucha por existir en medio de la oscuridad. Pienso, roban mucho, es cierto, pero no en todos lugares ni a todas horas. Encuentra el tuyo. Atrévete a visitar una playa en horas seguras. Rescata este espacio. ¡Te sorprenderás! Rescata el aprecio por la naturaleza que te rodea; la dictadura no te puede quitar este derecho. Sé ejemplo de cortesía y educación: nunca olvides los buenos días, las gracias y por favor. Viví fuera un tiempo y sólo al regresar me di cuenta de la poca importancia que le damos a estas palabras, “¡un con leche!”, a secas, es nuestra idiosincrasia y esto hay que cambiarlo. ¿Por qué? Porque sin el por favor y gracias el otro pierde su condición de semejante, ese otro que te ofrece un servicio se vuelve un esclavo sino lo miras. Ser no mirado, no reconocido, no apreciado es una invitación al resentimiento y venganza. Si yo no existo, tú tampoco. He ahí el secreto de valorar el esfuerzo. El propio y el ajeno.

El derecho a rescatar valores y placeres, ser ejemplo de esta búsqueda no te lo pueden quitar. No hay régimen que pueda con esto. No te pueden meter preso por ser educado, considerado y ético. El contagioso ejemplo puede tambalear bases de culturas enfermas. ¡Aquí hay esperanza! ¡No necesitas votar, ni un líder para desestabilizar el sistema! Si nos damos el derecho, y asumimos el deber que le acompaña, podemos hacer diferencias. No te hablo desde la utopía. Te hablo como venezolana y testigo de hay una Venezuela que a pesar de las vicisitudes pelea su lugar digno, que está viva, aunque pareciera no notarse en medio de tantas penurias. Únete a la desobediencia hacia la cultura de turno y ataquemos así las bases de esa Venezuela engreída y alienante que nos hace vivir el exilio desde adentro.

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