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Redes sociales

De la dignidad


Por @CDDSA (Carlos Da Silva) de @VFutura

Amar es quizás una de las emociones más complicadas y difíciles de entender, inclusive superficialmente. El amor es una emoción nacida exclusivamente de la condición humana. Se origina en la pasión instintiva de Dionisio, para luego ser estilizada por la luz dada a nosotros por Apolo. Es una emoción reservada únicamente al género humano. Causa de grandes tragedias como en la Guerra de Troya, u origen de las revoluciones más representativas de nuestra Historia, es el amor por lejos la emoción humana más poderosa. Sería imposible, además de arrogante, intentar definir qué es el amor en sí, debido a que no se puede racionalizar un sentir que es único y diferente en cada persona. Pero podemos definir cuál es el origen de esta emoción, cuál es su extensión y por cuáles otros pensamientos no ha de confundirse la misma.

Valdría entonces dar a entender, antes de explicar cuál es el origen del amor en sí, qué es el amor en cuanto a valor; es decir, si hemos de percibirlo como defecto o como virtud. El amor es virtud, por cuanto éste busca enriquecer a su portador, ya sea mediante la unión con otro ser o mediante la apreciación por parte de su propia persona. El amor busca, en aras del mejoramiento de la coexistencia o existencia, el sacrificio de todos aquellos impedimentos que restringen tanto el crecimiento espiritual como físico de la persona. No podríamos calificar al amor, entonces, de ninguna forma, como defecto o confundirlo con aquello por lo cual usualmente se mal entiende, que es obsesión y costumbre. Pensar que un pueblo no se alza en contra de un dictador y que obedece pacíficamente sus órdenes, no quiere decir que la gente lo ame; quiere decir que dicho pueblo no tiene la posibilidad de deshacerse de él y se ha acostumbrado a dicho régimen de esclavitud. Considerar que un hombre se ama a sí mismo por querer poseer una gran fortuna o poder, demuestra ser un error al momento que sus decisiones le otorgan aquello que desea pero a la vez lo daña; se está hablando de obsesión en este caso.

Dejando en claro que el amor, en sí, es virtud; sin intención de definir el sentir de dicha emoción, podemos entonces explicar dónde se origina. Al ser virtud, el amor se origina únicamente en un virtuoso. Es decir, el origen del  amor yace en el seno de aquel que tiene la capacidad de apreciarse a sí mismo, en cuanto a su individualidad, sin caer presa de las concepciones moralistas o dogmáticas de cualquier credo o ideología. Es decir, el origen del amor es el individuo que a su vez es virtuoso. Él es el génesis de este sentir, sin intervención de ninguna figura o ser divino. De este amor sentido por el individuo hacia su persona, se desprende la apreciación que puede sentir por otros. Del uno, al resto. Gracias a que el amor es virtud, solo puede ser sentido entre virtuosos: es decir, entre personas que se conciben como individuos completos; que buscan la unión con otros con el propósito de sacar provecho de sus propios talentos, sin buscar aprovecharse de los demás.

El amor por uno mismo nunca ha de ser confundido con la arrogancia o el narcisismo, puesto que el verdadero amor propio es el origen de la dignidad. La dignidad humana puede ser definida como darse a uno mismo el valor adecuado, reflejado en las acciones y reflexiones que se realizan, de acuerdo a las experiencias y conocimientos propios. Es darse a uno mismo el justo lugar, de acuerdo  a lo que uno es. Y puesto que el mejoramiento del ser empieza con el reconocimiento del mismo y a sí mismo, la dignidad es el reconocimiento del justo valor de otros. Esto se traduce en darse a uno mismo el puesto que uno se merece y en no permitir que otros ocupen un puesto no merecido. Así como el amor, la dignidad comparte los mismos caracteres, al ser producto y requisito de éste: también es exclusivo de los virtuosos y su tenencia determina las relaciones que se poseen con otros seres. Entonces, pues, podríamos -y debemos- ver como algo impropio, que un zapatero se inmiscuya en la labor que desempeña un médico al curar una enfermedad; asimismo, como que éste último intente intervenir impertinentemente en la labor del primero. Es ésta la dignidad: valorar lo que uno sabe o ha experimentado, en aras del amor que uno posee por su ser, para poder extenderlo a otros.

Nos encontramos en un punto de la Historia en el cual se nos ha olvidado, gracias a 15 años de populismo y demagogia salvajes, la importancia de la dignidad. El amor propio es tan escaso como el progreso humano que se ha llevado a cabo durante este largo periodo de tiempo, en este régimen castro-comunista. Vemos nuestros esfuerzos pisoteados; cómo el sudor de nuestra frente y la fuerza de nuestras espaldas son utilizados por aquellos parásitos que ocupan el poder, para mantener su grotesco estilo de vida, mientras nosotros nos hundimos en la miseria. Levantarnos contra ellos hace proliferar insultos, inclusive desde aquellas bocas que se supone deberían apoyarnos. Ellos nos catalogan si no de “fascistas”, de “radicales”.

Amarnos a nosotros mismos y recuperar nuestra dignidad es el primer paso que damos fuera del abismo, fuera de la incertidumbre, fuera de la decadencia. Debemos dejar de intentar escuchar a todos aquellos dirigentes decadentes y empezar a ver hacia nuestro interior. Mejor hacemos en luchar por aquella parte de nosotros, aquel centímetro de nuestro ser, que contiene nuestra esencia y es solo nuestro. Nos hemos ignorado ya demasiado tiempo; es hora de recordar quiénes somos, de dónde venimos y empezar a pensar hacia dónde vamos. Estemos listos, entonces, para defender lo que por derecho conquistado es nuestro. Estemos listos para luchar no por algún partido, no por otro ser querido; luchemos por algo más grande: luchemos por nosotros mismos. Luchemos por recuperar nuestra dignidad. Conquistemos un destino propio por amor no sólo a la Venezuela Futura, sino por amor a nosotros mismos.

 

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