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Redes sociales

De la intolerancia

Por Carlos Da Silva @CDDSA de @VFutura

Los individuos de la especie humana somos más parecidos entre nosotros de lo que percibimos a simple vista. Si bien es cierto que cada uno de nosotros es diferente en cuanto a concepciones individuales de lo que es la realidad, en cuanto a ambiciones y sueños nos vemos conectados por un pensamiento particular: la tolerancia. De ahora en más, diferente a lo que sucedía en un pasado, este factor nos une más fuertemente que antes. Lejanos a los tiempos de las Cruzadas, de la Inquisición, del dominio tiránico de la religión, poseemos mayor capacidad de aceptación en cuanto a las opiniones adversas a las nuestras; aceptación ante los actos y visiones ajenas; y tolerancia en cuanto a la individualidad misma, y en cuanto a aquellos que siguen la individualidad de otros. Ya sea en cuanto a la visión política, la confesión religiosa, la vestimenta, la orientación moral… aquel que es diferente ya no es perseguido, por respeto a uno mismo, es decir, no se persigue a otros por ser diferentes porque uno mismo lo es.

Tenemos más en común de lo pensado, ya sea por costumbre o por mera conexión cultural. Antropomórficamente, las conexiones son, por demás, obvias. Entonces, ¿qué es aquello que nos diferencia? ¿Qué nos hace diferentes y únicos al momento de desenvolvernos en una sociedad como esta en la que nos encontramos presentes? –La intolerancia.

Existe aquello que es tan adverso a nosotros, que condena o daña nuestros ideales; es decir, nuestra individualidad, nuestros valores… que su existencia no podemos concebirla como algo más que aquello que debe de ser eliminado o limitado, con el propósito de evitar que éste mismo incida en nuestra esfera personal. Debemos tener presentes que la intolerancia derivada de dogmas políticos o religiosos no es intolerancia verdadera, porque aquellos valores que son forzosamente tragados -debido a la presión o a la historia- no son propios del hombre. No es pertinente, entonces, considerar como obra de la intolerancia a los casos de genocidio por diferencias de raza o religión: el objetivo de estas masacres no fue nunca proteger valores o principios, sino emprendimientos para la búsqueda de expansión del poder o dominio; hayan sido comandadas dichas masacres bien sea por un austríaco, un georgiano, un chino o un pontifex maximus. No se puede ser intolerante en contra de aquello que no afecta lo propio, como lo es todo aquello que se obtiene mediante profunda reflexión y pensamientos. Ocurre de forma diferente con las costumbres, ya que éstas cambian junto con las sociedades y los tiempos; por ende, son producto de las consideraciones de dichas civilizaciones: qué es bueno o malo, qué es sagrado y qué no… a menos que ésto se vea viciado por obra de los dos últimos poderes que hemos mencionado.

Cada civilización es diferente en cuanto a los comportamientos que permite y aquellos que no. Es aquello que no se permite lo que las determina (a las civilizaciones) como diferentes. Las leyes que prohíben o se dedican a la regulación de dichos comportamientos, no son más que el producto de estas concepciones. Éstas no dejan ver más que el tipo de sociedad en la cual se vive y el valor que la misma le otorga a ciertos principios, a la hora de sancionar la infracción de los mismos. Las leyes también permiten ver la concepción que se tiene del Estado, en cuanto al manejo del poder y la intromisión del mismo en la esfera de los derechos individuales de las personas. Todo aquello que no es permitido o que es regulado, da a ver en qué tipo de civilización se vive. Hemos de ver, entonces, toda guerra o todo conflicto como el choque entre dos civilizaciones diferentes, que luchan por valores diferentes; gran ejemplo de ésto fue la Batalla de las Termopilas. Es importante resaltar lo dicho, puesto que la generación de las guerras se lleva a cabo debido a esto; y es importante revalorizar el sentido de estos combates, porque durante las últimas décadas se han visto denigrados o han sido pintados como enfrentamientos sin motivo. En verdad, estas conflagraciones fueron ejemplo del choque entre dos concepciones diferentes de realidad, y, muchas veces, significaron la diferencia real entre la esclavitud y la Libertad. Así, vemos en la intolerancia un valor más que un antivalor; porque ella es el producto de eso que somos y de eso que no permitimos que otros hagan en contra de nuestro ser.

En el momento histórico en el cual nos desempeñamos, vemos cómo somos seducidos, por parte de diversos factores de la decadente política estandarizada de los últimos años, hacia el “diálogo”, la “tolerancia”, la “negociación”… ¿Se puede tachar de bestia al padre de una mujer que ha muerto? ¿Se puede tachar de infame a aquel que pide la reivindicación por la pérdida de un ser querido? Estos actos de intolerancia van en contra de la impunidad, – mas no en contra de nuestros principios, y menos en contra de nosotros mismos. Habremos de ser intolerantes si somos atacados, no enrollarnos en el suelo cuales gusanos ponzoñosos. No podemos dialogar con aquellos que se han dedicado a asesinar nuestro espíritu. La violencia jamás ha sido la mejor respuesta, pero en muchos momentos es necesaria para defender aquello que nos pertenece y forma parte de nosotros. Si queremos una Venezuela Futura, sin cadenas y con hombres que lleven en sus hombros el futuro de la Nación con orgullo, debemos entender que la intolerancia es una necesidad, porque de no tenerla caeremos inevitablemente en la indiferencia.

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