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Deus Lo Vult y AllahuAkbar

Por @nhcarreras

Ante los actos terroristas perpetrados alrededor del mundo, se alzan algunas voces que argumentan que, contra toda evidencia, no deben relacionarse los hechos violentos con la religión de sus perpetradores. Este planteamiento es una negación de la realidad y una postura que evidencia los daños causados por la decadencia cultural y la mal llamada corrección política, en especial en Occidente.

Días después del atroz degollamiento del sacerdote católico Jacques Hamel perpetrado en Francia por un miembro del Estado Islámico, el Papa Francisco, quien regresaba de la Jornada Mundial de la Juventud en Cracovia, declaró:

«A mí no me gusta hablar de violencia islámica. Porque todos los días cuando hojeo los periódicos veo violencia aquí en Italia. Están quienes asesinan a la novia o a la suegra, y estas personas son católicas bautizadas»; y añade: «Si hablara de violencia islámica también tuviera que hablar de violencia católica».

Estas declaraciones no solo son hipócritas y lamentables viniendo del supuesto representante de los católicos del mundo, sino que desprecian los principios de la lógica y la moralidad. Pues se ignora completamente que la intención es la característica que describe un acto violento con una motivación religiosa o no. Y es que resulta ilógico pensar que el asesinato perpetrado por cualquier motivo personal deba atribuirse a la religión de su perpetrador. Pero en cambio, si el criminal busca una retribución divina como recompensa por su acción violenta – principio difundido por el islam radical – la religión puede ser relacionada claramente como el motivo de la acción.

En este sentido, mucho se critica aun el período de las Cruzadas, campañas de las cuales no se duda en señalar a la religión católica como la principal responsable. Y no se equivocan quienes relacionan la aclamación Deus lo vult y al Papa Urbano II como impulsor de una guerra de carácter religioso. Pero al parecer, esa misma medida no aplica cuando se habla de la Yihad islámica, el grito AllahuAkbar y la multitud de citas del Corán en donde se justifica la violencia en el nombre del Islam. Entre ellas, se puede resaltar la siguiente:

Sura 2, versículo 191: «Matadles donde deis con ellos y expulsadles de donde os hayan expulsado. Tentar es más grave que matar. No combatáis contra ellos junto a la Mezquita Sagrada, a no ser que os ataquen allí. Así que, si combaten contra vosotros, matadles: esa es la retribución de los infieles».

Al contrario de la caducidad de estos conceptos en la religión cristiana, con su carácter pluralista y tolerante a partir de la Ilustración, estas características siguen siendo centrales en la gran cantidad de grupos y naciones islámicas que hoy en día siguen sosteniendo la legitimidad de las teocracias fundamentalistas y su despreciable ley religiosa: la Sharia. Es claro que no se puede llegar a una generalización absoluta islam-terrorismo, pero tampoco es correcto hablar de «pequeñas minorías» islámicas radicales cuando la realidad muestra la importancia que juegan estos grupos tanto en poder político como en número de seguidores alrededor del mundo, para quienes la paz es sinónimo de total sumisión a las leyes islámicas.

¿Cómo, entonces, se pretenden equiparar los males actuales de un Cristianismo pluralista con las barbaridades de un Islam fundamentalista? Este es el resultado de la decadencia cultural de Occidente, una civilización que ha impulsado las mayores libertades y el progreso más importante en la historia de la humanidad. Pero que hoy en día se encoge sobre sí misma en la corrección política y el mea culpa, se avergüenza de sus fallas y no reconoce sus logros, niega su identidad y cede ante los ataques físicos y culturales que buscan su destrucción. Y en el centro de esta decadencia resaltan el multiculturalismo y la corriente anti-occidental que han calado en las instituciones que sostienen a las democracias liberales, desde sus Parlamentos, sus medios de comunicación e incluso algunas de sus iglesias.

Contra esta corriente perniciosa debe lucharse desde adentro con la misma intensidad que se enfrenta a las amenazas externas, pues la historia sugiere que las grandes civilizaciones pueden caer ante grupos mucho más retrasados a causa de una vulnerabilidad interna. Y a pesar de las lamentables declaraciones de algunos líderes de hoy, la esperanza no está perdida: la reserva moral de la Libertad aun arde, a pesar de todo, en el corazón de Occidente.

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