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El ocaso del pollo y la sublevación del venezolano

Por  Alejandro Andrés Sosa Röhl (@SosaRohl95) de @VFutura

Me veo de pie frente a dos pinturas: una se muestra como una utopía, como un lugar de proporciones fantásticas, donde el cielo y la tierra mezclan deseos en su infraestructura, y seres deslizan sus cuerpos con sonrisas que destilan niñez, individualidad y la satisfacción de no tener que encontrar razón en los azares de un caos perpetuo, pues solo así son libres.

La otra pintura intimida con su rostro distópico, donde solo una imagen se eleva sobre todas las otras; el clima no es sino negro, las personas parecen maniquíes encorvados, y no hablaré ni de tristeza en sus rostros, pues de eso no son dignos.

Observo ambas y algo me dice de la sociedad en que vivo, de sus clanes y élites. Me parece que la segunda pintura ha cobrado vida, que la distopía no es una realidad alterna, sino nuestra realidad misma; lo que me obliga a considerar la relatividad del concepto de utopía, pues ¿qué nos hace pensar la imposibilidad de una sociedad digna del individuo sino la falta de calidad humana?

Pensarlo utópico no es ser realista, es ser medieval.

¿Por qué la distopía y no la “utopía”? ¿Por qué me siento condenado a este oscuro destino de la imaginación? ¿Qué nos falta? y me he dado cuenta que es nuestra capacidad de elegir, de tomar un camino sobre otro. Las decisiones que uno toma desatan una cadena de eventos inesperados, que abren puertas desde un caos hacia otro distinto. Piénselo, llaves para abrir puertas donde no existe arquitectura alguna. ¿Es esto posible?, y respondo que sí lo es, porque a pesar de toda la locura insaciable que nos rodea -de un régimen decadente, de populismo y de pollos omnipo­tentes que crean disturbios- siempre existe un dominio de nuestro destino, siempre podremos decidir sobre nuestros azares, siempre tendremos la opción de ser libres. A esto no hay que temerle. El que quiera ver, que vea.

 Cuando vivimos una etapa histórica donde tomar decisiones se hace tabú, la evolución del hombre se sumerge en una fuente de la juventud macabra. Todo es permanente. Todo menos la juventud. Así, la historia se hace decrépita y nos desdibujamos eternamente. Lamento informarles que Venezuela se encuentra atrapada en esa telaraña de araña roja –disfrazada también de azul-. Nos hemos convertido en un tenista de paredón -sólo es posible perder puntos-, y lo que nos despoja de aquella capacidad de dominar destinos en el caos, es que somos viudos de nuestra memoria.

Tomar una verdadera decisión implica rebobinar nuestro trayecto, pero hay una amnesia que maldice a este país, y ha esclavizado nuestros pasos; ahora, estos son espejismos del caminar. Dedico una simple mirada hacia nuestro pasado social, político, económico y sobre todo cultural, y no puedo evitar pensar en Inception de Cristopher Nolan, donde uno de los personajes queda aprisionado en un limbo. Envejece y vive lo que parece ser una realidad tangible, pero esa realidad está divorciada del mundo, del tiempo, del bien y del mal, y sobre todo de lo que es humano. Ese hombre no vivía. Venezuela no vive. Duerme en pesadillas.

A lo que quiero llegar es que nos encontramos frente a la ecuación más importante de nuestras vidas. No resolverla es comprometer el futuro de una sociedad que podría ser potencia mundial: hermosa por su infraestructura y paraísos, hermosa por sus generaciones, hermosa por su evolución y hermosa por su cultura. No es casualidad que el mundo dé vueltas y nosotros estemos atrapados en una máquina del tiempo quebrada. Hacemos el mismo chiste sobre la misma calamidad una y otra vez. Pero ya no es chiste. Es hora de dar fin a la ficción y amputarnos la repetición. Se han inventado carros que se manejan solos, se están imprimiendo casas, se pueden hacer llamadas con hologramas y hay un robot en Marte -parece que Star Wars poco a poco pierde la característica de ciencia ficción-. Y nosotros, con el pollo omnipotente. Y es que la culpa no está en los regímenes, no está en la decadencia de la política o de nuestros economistas -esto son solo consecuencias del problema-; el problema está en que hemos perdido nuestra ciudadanía. Y sobre todo, la deficiencia cultural que carcomió la esencia de esa ciudadanía.

Albert Camus comienza una de sus obras -El mito de Sísifo- de la siguiente manera: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena de vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía. Las demás, si el mundo tiene tres dimensiones, si el espíritu tiene nueve o doce categorías, vienen a continuación”. De aquí surge un pensamiento que puedo comparar con el fenómeno venezolano de la siguiente manera: No existe una razón predestinada que le da sentido a la pesadilla kafkiana que estamos viviendo. Pero el venezolano la busca. Buscamos culpar al de al lado. Se escuchan en las calles oraciones como “hay que adaptarse a la situación”, o “hay que sobrevivir” porque no aceptamos que somos nosotros mismos los autores de la estafa. Incluso se ha perdido un respeto hacia la misma venezolanidad, no existe un sentimiento de pertenencia y hay una ininteligibilidad en torno a ese denominador común que todos los venezolanos tienen -establecido por un Estado de Derecho que ya no existe, o de repente nunca existió- que nos debería brindar una confianza parcializada hacia el otro (Derechos y deberes). Se pierde esa confianza y la preocupación por el amigo invisible perece, y solo los clanes entran en el radar de importancia. Distintos tótems se elevan y el más grande de todos -Venezuela- queda opaco en la distancia. La ciudadanía que servía como amortiguador de nuestras desigualdades sociales se va disolviendo. Tarde o temprano, los Derechos desaparecen y obtenerlos no va a depender de la venezolanidad, si no a cuál tótem perteneces.

El venezolano tiene -y quiero acentuar la contundencia de lo que voy a decir- tiene que hacer caso a este problema, pues mientras no lo haga no se sentirá responsable, y mientras no se sienta responsable no tendrá la necesidad de RECORDAR y tomar decisiones que den fin al eterno retorno. Cuando nos percatemos que estamos viviendo la misma pesadilla disfrazada de “distintos” sistemas políticos (comunismo, socialismo, social democracia, social cristianismo, entre otros), que sentados hemos estado, observando la misma interminable obra de teatro por décadas, y que en compañeros de Sísifo nos hemos convertido al ver la roca descender por enésima vez luego de tanto trabajo, es decir, cuando racionalicemos nuestra realidad, nos daremos cuenta que todo se reduce a una decisión irónicamente simplista: Vivo o me suicido.

 El suicidio como país es muy fácil de aceptar, solo implica acostumbrarse y reprimir recuerdos, “adaptarse a la situación” y seguir al pollo. Considerando el nivel de absurdo en el cual vivimos, hay una seducción tétrica escondida en esta decisión, a todos nos ha pasado por la cabeza.

Ahora, si decidimos vivir, si decidimos empuñar las llaves en el caos y desertar el limbo, enterrar los tótems que a su vez enterraron nuestra ciudadanía, construir una base en la cumbre de la montaña de Sísifo, enviudarnos de la ficción, optar por el ocaso del pollo omnipotente y sobre todo, la sublevación del venezolano, si decidimos resucitar a la memoria y luego decidimos; en unos parpadeos, conquistaremos nuestros derechos y el día de mañana, viviremos en lo que una vez llamamos utopía.

¡LIBERTAD O NADA!

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