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El rostro de la bestia.

                 La historia de Venezuela se encuentra indudablemente plagada de diversos ídolos. Marcando su paso a través de los anales del tiempo, siendo llamados demócratas, tiranos, liberales, conservadores, revolucionarios o reaccionarios. Estas figuras, políticas en su mayoría, han querido darse a conocer como los mesías de sus épocas: salvadores de humanidad capaces de hacer “retornar” al país a una gloria pasada que en realidad es quimérica; inexistente, porque aún dentro del período dorado de apogeo económico, de fiestas y celebraciones banales, de intentos de manifestaciones culturales… solo se vio una transformación aparente de la vida del venezolano, una modificación de su realidad en un sentido ilusorio. Mientras, éste, en esencia, nunca dejó de ser una criatura llena de “Fe”, es decir, que por no poder poner su voluntad en las cosas, introduce en ellas al menos un sentido: la creencia de que en ellas hay al menos una voluntad. En fin, el venezolano sigue siendo una criatura incapaz.

                
                          ¿Pero cómo podrían ser capaces los venezolanos? ¿Cómo podrían estas criaturas, que han dependido desde el origen de su civilización de líderes mesiánicos? ¿Qué caso tendría esperar que alcancen la gloria, cuando empeñan su propia libertad para obtener un vivir pacifico, vegetativo… casi sacerdotal? En esto se han convertido -así los han moldeado-, en seres pasivos, cobardes; que al recibir un golpe en la testa, en vez de volver sus caras y contestar cual guerrero, se retuercen como gusanos esperando en sus espaldas el cuero del látigo. Son indigentes sin aprecio por lo propio, por sí mismos, por el Yo que representan; desechando todos aquellos destellos de vitalidad y genialidad que dentro de ellos florecen, por miedo al amo que los posee -por la necesidad de pedir permiso para ser hombres. Ésta ha sido la tarea de todos nuestros ídolos: la de afianzar las cadenas, cambiándolas de color para no dejarnos ver en qué nos quieren convertir: en esclavos de un sistema parasitario que toma nuestra fuerza día a día. -Quitemos esa máscara apolínea tras la cual los ídolos decadentes esconden su verdadera forma, veámoslos por lo que realmente son: langostas que se alimentan del poco coraje renuente a desaparecer en Venezuela.

               
                  A pesar de que todas estas figuras cargan parte de la responsabilidad de llevar esta tarea a cabo, existen algunos más responsables que otros. Destacando de entre las filas de estos decadentes, existe un ser al que han hecho resaltar por su actuación como falso antagonista de este régimen mediocre. Su tarea no ha sido otra que engañar y calmar a las masas, para evitar el clímax de la fuerza individual; actuando como Morfeo, adormeciendo nuestros sentidos, ha logrado evitar que llenos de valor destruyamos el templo donde rondan todos estos espectros -devoradores de vitalidad-. Es él, este vástago, escoria humana que cual perro fiel se niega a morder la mano que lo alimenta; que impide el regocijarnos sobre las ruinas del estado neandertal que por encima de nosotros se posa. Es este ser que, armado con espejismos, nubla nuestra visión del verdadero futuro, y de la gloria que nos aguarda al llamarnos y sabernos amos de nosotros mismos. Es él, Henrique Capriles Radonski. 


Carlos Da Silva
@VFutura

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