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La Banalidad de lo Erótico

Por @PZakh de @VFutura

Hoy se confunde lo erótico con lo vulgar, se banaliza la expresión estética de la sensualidad. Lo hermosamente erótico se lleva de lo más sublime a lo más mundano. La picardía que conlleva lo erótico ha sido desechada: las imágenes, los sonidos, los olores y los sabores son explícitos; se prueban de un solo bocado. No se degusta, no se juega, no existe trascendencia en el recopilatorio de momentos, pues la esencia erótica se encuentra extraviada. Lo obsceno y lo vergonzoso secuestran la belleza erótica, la rebajan hasta un nivel torpe pervirtiéndola.

El deseo y la satisfacción todavía se encuentran encadenados a la falsa columna de la moral. Ella configura y perfila una serie de normas que determinan el “buen comportamiento social”; se reviste de un carácter divino; emana órdenes desde lo extrínseco para determinar el comportamiento del Hombre, por lo cual, el deseo y la satisfacción se transfiguran en un falso ídolo que destruye algo instintivo en el hombre, el placer.

Nuestra sociedad pretende normar todo comportamiento. La Libertad se encuentra asociada a la ley; sin ella, la Libertad no existe; – nada más falso que eso. Lo mismo sucede con el placer: hay formas correctas e incorrectas; – nuevamente una falsa concepción.

El eros, atrapado en la moralidad, garantiza la insatisfacción de los individuos; coarta la Libertad determinando que lo erótico es una tortura. El consumismo revela falsas formas de satisfacer el deseo en transacciones que no poseen nada inmanente, que no procuran lo eterno del goce. Se confunde lo pornográfico con lo erótico, encerrando todo sentido en la penetración y en el acto sexual. Por otro lado, la educación enseña el control de las pasiones y del placer, pero no enseña a vivir con ellas; castiga nuestro narcisismo natural.

– Ese eros es una experiencia, que reside y tiene múltiples manifestaciones en el cuerpo del individuo. La pasión, como interacción entre el alma y el cuerpo, desarrolla un nexo que busca garantizar la satisfacción del deseo procedente del dinamismo de la vida que, a su vez, pertenece a, y reside en, este mundo material.

El hombre que decide reprimir absolutamente sus pulsiones, poco a poco se convierte en un ser miserable. El Hombre debe aprender a convivir con su cuerpo, amarlo y hacerlo sentir. Existen los modos para ello, pero al no interrogar al cuerpo se desconocen sus intensidades: lo maravilloso de sus desbordes, al romper las monotonías impuestas por la moralidad.

Debemos ser verbo con audacia, porque, al final, los límites los impones tú.

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