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La renuncia a la Sombra como violencia excesiva

24 julio, 2018
liboda98

Por @nelsoncarrerasg

Las personas no tienen ideas.

Las ideas tienen personas.

– Carl Jung

Los arquetipos son símbolos que personifican valores abstractos. Su utilidad consiste en generalizar una serie de conceptos y paradigmas que gobiernan nuestra comprensión del mundo y nuestra actitud frente a circunstancias específicas. La percepción del bien y el mal, así como la construcción de escalas de valores, se relacionan con una serie de arquetipos que los encarnan en historias, mitos y expresiones artísticas.

Desde la perspectiva del individuo en su relación consigo mismo, resulta útil comprender la diferencia entre Lucifer en el cristianismo y la Sombra como arquetipo en la psicología de Jordan Peterson influenciada por Carl Jung. Estos arquetipos comparten una raíz ética en la filosofía occidental, relacionando una serie de conceptos con la representación del mal.

Lucifer personifica el mal absoluto como una fuerza que debe reprimirse completamente y continuamente en el individuo. Es el adversario de Cristo (el arquetipo del héroe), la tentación en el desierto contra la voluntad divina, el desvío del camino correcto. La Sombra, en cambio, si bien encarna las tendencias oscuras e impulsivas del ser, posee una carga ética que depende del contexto específico. Ambos arquetipos ofrecen una plataforma al individuo para superar la ingenuidad sobre su potencial destructivo al iluminar su conciencia con estas representaciones. Sin embargo, las características particulares de Lucifer y la Sombra desembocan en conclusiones parcialmente divergentes para la percepción y actitud frente a la vida.

Por un lado, si bien la Sombra debe ser reconocida por el ser consciente, dicho reconocimiento no pretende la represión de la Sombra sino su regulación en situaciones específicas. Así, se reconocen las virtudes de la Sombra como parte integral del individuo; como capacidad desarrollada a través de la evolución biológica que cumple un rol en la conservación y expansión de la vida. Sus impulsos y motivos, los cuales surgen de manera inconsciente (y por ende incontrolable), se entienden por sus funciones fundamentales. Entre ellas, su inclinación hacia la búsqueda de estatus y la propagación de la especie, así como en reacciones y reflejos en situaciones de alerta y peligro, entre otras.

Por otro lado, el reconocimiento y la integración de la Sombra no implica dar rienda suelta a los deseos impulsivos (como propondría Nietzsche en la exaltación del espíritu dionisíaco), pues se reconoce su propensión destructiva. Su regulación voluntaria resulta beneficiosa, considerando las potenciales ventajas de sacrificar el bien presente por valores superiores a través del tiempo. Pero esta regulación voluntaria conlleva ejercer violencia contra sí mismo (como lo enunció correctamente Nietzsche y luego Freud) en un acto de disciplina. Esta capacidad consciente es exclusiva de los seres humanos, quienes podemos concebir un bien superior y proyectarnos en el futuro a pesar de la incertidumbre.

Por tanto, la represión de la Sombra no debe ser absoluta (como propone el cristianismo en la renuncia a Lucifer) sino contextual, aceptándola como parte integral del ser. Dado que sus motivos emergen de condiciones neurofisiológicas propias (no de fuerzas metafísicas externas), su represión absoluta conlleva la negación de la naturaleza humana. Dicha negación es violencia excesiva del individuo contra sí mismo, la cual deriva en inconsistencias autodestructivas en su aplicación radical.

En otras palabras, la sana renuncia a Lucifer debe acompañarse con la integración de la Sombra.

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