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Las dictaduras no preguntan (ni dialogan)

Por @edgardoricciuti de @VFutura

Según palabras del politólogo Giovanni Sartori, es muy difícil estudiar a la Dictadura como forma de gobierno. Más fácil es estudiar a las dictaduras de manera particularizada porque es inevitable la asociación entre las características personales de cada dictador con su influencia específica en las institucionales que maneja.

Esta premisa es fundamental para desarrollar nuestro tema principal: las dictaduras no poseen mecanismos institucionales sólidos, legítimos y pacíficos de alternancia en el poder.

Generalmente, la crisis adviene a la muerte del dictador. La dictadura carece de mecanismos legales para la sucesión, de modo que al final de la misma es inevitable un período de inestabilidad.

La legalidad del proceso de transmisión de mando, típico en las democracias, no existe en las dictaduras, porque el poder se identifica y sostiene en una persona física, y no en un mecanismo expresamente tipificado en la ley y aceptado por el sistema político.

Como último y único recurso, el dictador designa a un heredero. Esta opción no garantiza ni la continuidad de la frágil estructura de poder anteriormente edificada, como tampoco la estabilidad del nuevo régimen basado en un nuevo personalismo.

Es por ello que se hace necesario un mecanismo legitimador para el nuevo gobernante. El plebiscito es, sin duda, el más usado en estos casos, donde se le consulta a los votantes si acepta o no al nuevo gobernante. Otro mecanismo mucho más complejo y efectivo es el de unas elecciones entre varios candidatos, como las elecciones presidenciales de Venezuela en abril del 2013, donde el candidato “opositor”, fungió como cómplice para la legitimación del nuevo dictador. Por el hecho de que en ambos casos no existen condiciones de libertad, siendo el gobierno el que controla el aparato del Estado, se asiste a una comedia bien organizada donde se le disfraza a la nueva dictadura de institución democrática.

Ninguno de los mecanismos antes descritos logran otorgarle un piso institucional al nuevo dictador, siendo entonces la violencia el último de los recursos para mantener el poder.

Ante hechos violentos, difícilmente el dictador logrará estabilizar su régimen político. La base fundamental de todo personalismo político es el carisma. El apego de la población hacia el régimen personalista radica en la “magia”  de la que dispone el dictador para resolver los problemas comunes. La represión apunta y despierta sentimientos absolutamente contrarios, que tarde o temprano pasan factura, haciendo de la dictadura un régimen político de corta vida en un sentido institucional.

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