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Más allá de Dios y el Diablo.

Por Jeanmiguel Uva de @VFutura

A propósito de Maquiavelo y el drama venezolano.

 

No puede dejar de pasarse por alto la visita de Capriles a su excelentísima eminencia, el Papa Francisco, mejor conocido como “el Papa de los pobres, desvalidos, humildes” y de más tipos de adjetivos que generen lástima o debilidad por esta causa. Ahora bien, por otro lado, hace pocos días celebrábamos los 500 años de una obra que se contrapone radicalmente a la esencia que representa la visita de Capriles a Roma: que un político se reúna, con alevosía y en busca de favores, con el jefe de la Iglesia Católica. Hablamos, pues, de El Príncipe escrita por el florentino renacentista Nicolás Maquiavelo y al que apenas hace unos días se le rendía homenaje en una actividad conjunta que realizó la APUCV y la  Embajada de Italia en las instalaciones de la UCV.

Al respecto, el mensaje de Maquiavelo es claro, preciso y contundente: ni Dios, ni la Iglesia ni ningún tipo de moral religiosa deben influir en las decisiones que tome el líder del Estado. ¿Por qué? Pues simple- y aunque las razones que explica el florentino son de carácter coyuntural- hoy más que nunca, en esta decadente realidad política, toca evaluar y reflexionar sobre el importante punto que expone Maquiavelo. En aquel entonces Italia se encontraba en un contexto de atomización político-territorial, donde el Papa como Jefe de los Estados Pontificios, actuaba más como un conquistador que como el representante de Dios en la Tierra. Hoy el papel de la Iglesia de San Pedro ha cambiado, pero no ha muerto, solo se ha transformado. En Venezuela—como quizás en toda la aún muy latina América— el papel de la Iglesia en los asuntos políticos es enorme, pero sigiloso; no es un actor político que se vea en las marchas, consignas o influenciando los Mass Media, no: la Iglesia tiene un papel más insipiente y popular que cualquier partido político y que cualquier gobierno. Antes de decir si son MUDos o Chavecos dirán “soy cristiano”. Está en todos los rincones del país, tiene muchísimas instituciones educativas de todos los niveles y, para mayor  placer de los politiqueros, tienen una profunda incidencia en los sectores populares, donde se encuentran los más ciegos seguidores de la fe y de la que, en más de una misa, hemos visto como las tendencias políticas son partes del sermón. Con esto no pretendo establecer una implícita teoría de conspiración entre la Iglesia y el Estado venezolano, no, lo que busco es evidenciar y poner en evidencia el enorme peso que tiene una institución como la Iglesia en Venezuela, país donde se da la tercera peregrinación católica más importante del mundo y donde el 71% de sus habitantes se consideran “católicos”. Es sin duda alguna un peso importantísimo, que no vemos todos los días, pero ahí está respirándonos en la nuca.

Ahora bien, la situación es mucho más profunda y perversa. La Iglesia no solo es capaz de influir a la población sea cual sea su origen socioeconómico—con más fuerza, como dijimos, en las clases bajas—a través de sus múltiples instituciones y su amplia extensión, sino que además de esto tiene una profunda influencia sobre los liderazgos políticos que han gobernado el país por muchos años. Supongo que eso es un aspecto que el venezolano culturalmente abrazó—o se le impuso—desde la colonia: la moral cristiana—latina, demasiado latina. Aquella que eleva la miseria, la compasión, la fuerza de la debilidad y sobre todo la esperanza, valores del propio Cristo que, pareciese, históricamente los líderes políticos de nuestra Nación han acuñado para los demás, nunca para ellos, y que hoy mas que nunca es el pan nuestro de cada día. En las Jornadas de Reflexiones sobre El Príncipe, el Embajador de Italia hacía una interesante alegoría que criticaba, desde el punto de vista de Maquiavelo, esta inmersión del líder político en las sandalias del ideal cristiano. Él preguntaba:  “¿Ustedes se imaginan que cualquier Estado Moderno, hoy día, tuviera a un presidente o primer ministro como Jesucristo? ¿Insólito verdad? Si fuese así probablemente lo hubieran crucificado a los dos meses”. Cierto es, pues, que tanto hace quinientos años como hoy día imaginar a un Jefe de Estado tan débil, sumiso, estoico y redentor como Cristo es ridículo, sobretodo porque representa valores impropios de quien tiene que asumir una figura fuerte para gobernar un Estado y velar siempre por los intereses de éste. El hecho es que no hay “cristos” en el poder (no significa que no haya quiénes aspiren a calzar ese perfil) sino líderes que le aplican esta moral- por la que están influenciados- al Estado y sus ciudadanos. Ahí hay una hipócrita contradicción en la praxis política.

En Venezuela, como se ve bien en la imágenes puestas al principio, esta situación que influenció nuestro carácter cultural pasa de gobierno en gobierno. El cristianismo ama la pobreza, de manera casi idéntica que el socialismo—tenía razón Chávez cuando hablaba de Cristo como un gran socialista—, pero es importante acotar que ni al uno ni al otro le interesa eliminar a los pobres, sacarlos de ahí, sino mantenerlos, aumentarlos si es posible, porque allí, en los sectores donde la ignorancia reina manteniendo vivos los dogmas, les es más fácil ejercer sus métodos de coacción a través de la adoración del líder único (Dios o papá-Estado, como usted prefiera). Para ellos, desde ahí, es más fácil enajenar la Libertad de los individuos, despersonificarlos e inhibir su verdadera condición humana. No es coincidencia, pues, que en los últimos cincuenta años de política en Venezuela—de gobiernos de izquierda y de proporcional decadencia—se hayan aumentado la cantidad de pobres, nuestra deuda haya aumentado y nuestros niveles de vida hayan ido en picada (sin mencionar el aspecto cultural) mientras el Estado vivía la mayor bonanza económica de toda su historia. Hoy día, la cuestión no es muy diferente. Vemos a un Capriles, convencido y beato de su fe, siempre visitando a la Virgen del  Valle y con mucha “esperanza” en que “el tiempo de Dios es perfecto”; al otro lado del charco estaba el acabado Chávez, quien para él la religión parecía ser más un instrumento de acercamiento a las masas populares y no  una cuestión de verdadera fe[1]
 

En ambas situaciones la relación entre religión y política es reprochable: Chávez en sus afanes de aceptación popular y encaje con el perfil del venezolano común utilizó imágenes cristianas, misas y demás ceremonias de la cristiandad para verse como un hombre de “fe” bondadoso y solidario (“el Cristo de los pobres”, como se le llamó al hombre una vez difunto); por el otro lado vemos a Capriles, en mi opinión, en un situación muchísimo más decadente que el propio Chávez, se muestra como un hombre que no pareciera querer alcanzar el poder, que prefiere “esperar” a actuar, que no está dispuesto a tomar decisiones duras y concretas que hagan respetar la voluntad que millones de venezolanos depositaron en él; como líder, como político. No está dispuesto a hacer valer los intereses de sus seguidores, tiene—si se quiere—pánico político. Imagínense si llegara a ser Jefe de Estado. Capriles, sin embargo, se comporta como un cristo, es un cristo en la forma, pero no en la esencia. Tiene formalmente a cristo inscrito en su manera de actuar pero hasta ahí; no hay que pensar—nos libre Dios—que es la figura mesiánica que en algún momento ya se depositó imprudentemente en Hugo Chávez-y otros políticos venezolanos a lo largo de nuestra historia democrática. La política contemporánea no está hecha de cristos. Ya Maquiavelo nos lo dijo: zorros y leones, no corderos. Por eso Capriles probablemente se quede sin ningún pedazo del poder político que está en juego hoy día, porque prefiere esperar a actuar. De tanto esperar, pues, es probable que llegue el día en que inevitablemente le toque a él ser crucificado, muerto y sepultado (políticamente, claro está).

Ambos ejemplos—sin importar cual es más patético—son muestra del profundísimo nivel de decadencia en la que está sumida la política, y por tanto, la sociedad venezolana. Maquiavelo fue sabio al proponer la radical separación entre los asuntos del Estado—como Dante, Locke o Voltaire- con los asuntos de la Iglesia. No se puede gobernar con mano ni pretensiones cristianas, porque con ellas viene el fomento a la ingenuidad, la debilidad y una implícita propuesta del paraíso en la Tierra o en el Cielo[2] que coaccionan y segregan al hombre, porque lo masifican, le imponen una moral heterónoma. Los que quieran profesar su fe que lo hagan, los que quieran acudir a la Iglesia que vayan, los que quieran adorar a sus ídolos que los adoren, pero jamás pretendan imponer los intereses del dogma en los asuntos del Estado, porque entonces nace desde ahí una perversión en esta institución que se ve viciada por una filosofía y unos intereses que solo vulgarizan y degradan al Estado y sus ciudadanos. No confundamos las materias: al ciudadano, al individuo, la política. Al hombre de fe, a la Iglesia, la religión.

Por las razones anteriormente expuestas es que se plantea, desde este espacio, que la política de la Venezuela Futura se libere del dogma del cristianismo y todas sus derivaciones, hacer del Estado una institución firme y sobretodo: LAICA. No está concebido una eliminación ni de la Iglesia ni de la fe, sino que vuelvan a su justo lugar y que sean los hombres por su libre voluntad los que decidan creer o no. Dejémosle, pues, al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.


[1] Esto se puede afirmar porque un hombre que se considera marxista, santero y cristiano difícilmente profese la fe con convicción. Sin duda alguna: ¡Que maravillas hace el cáncer terminal y el miedo a la muerte! Convierte a cualquier marxista y confunde a cualquier cristiano.

 
[2] Que tanto el cristianismo como el marxismo proponen. Uno es más imprudente que el otro prometiendo lo que el primero relega a la muerte, sin embargo, ambos representan la imposición de una moral determinada para conseguir este paraíso. Ambas representan la imposición de una ética sobre la naturaleza y Libertad humana.

 

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