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Nudo Venezolano

Por @edgardoricciuti de @VFutura

«De la conducta de algunos, depende el destino de todos«

Alejandro Magno

Cuando los pobladores de Frigia decidieron fundar su propio reino, quisieron —como era habitual en esa época— consultar a un oráculo. El pronunciamiento resultó en que el primer hombre que entrase a la ciudad en una carreta halada por bueyes iba a convertirse en su rey. La suerte quiso que fuese un granjero llamado Gordio, quien entrara a la ciudad de tal forma convirtiéndose así inmediatamente en rey.

Según el mito, el carro con el que Gordio hizo su entrada exitosa fue preservado por generaciones sucesivas. Se dice que fue su hijo, el rey Midas, quien ató la carreta a un poste con un nudo grande y complejo, sentenciando que sería imposible de desatar. Además, exclamó que, de existir la posibilidad de que alguien lo hiciese, dicha persona se convertiría en el gobernante de Asia. Era el año 333 a.C. cuando el joven Alejandro Magno, que se dirigía hacia el este en su gesta conquistadora, se topó con el ya famoso nudo gordiano. Mientras todos esperaban ver cómo Alejandro intentaría desenredarlo, entre los cuales muchísimos se esperaban su fracaso, este optó por una solución audaz y sagaz: desenvainó su espada y lo cortó.

Occidente suele asociar a esta leyenda esa inoperancia o “parálisis” que muchos experimentan frente a un problema que parece insoluble, pero que en realidad no lo es si se aborda con una acción enérgica y decidida.

Sea por intereses mezquinos o por una formación basada sobre principios morales blandos y gelatinosos —asociados a comportamientos refinadamente leguleyos— gran parte de los que fueron electos para restablecer el orden político y legal, naufragan voluntariamente en el acto de “desenredar” el “nudo venezolano”.

Enmiendas a la constitución,  requerimientos de renuncia, procesos revocatorios, marchas de raíz sindicalista —aptas como mecanismo de presión solo cuando la contraparte puede verse afectada— y rezos colectivos son considerados como instrumentos válidos para enfrentar despotismos, cuando las sociedades abundan de pusilanimidad, agotamiento emocional y postración espiritual.

El desenlace de procesos políticos autocráticos gravita alrededor de posiciones de abierta y franca oposición. El tener que dar instrucciones sobre cómo han de resolverse casos de usurpación del poder y remoción del déspota, atenta contra la inteligencia del menos dotado.

De técnica para poder lograr destronar a los déspotas abundan los manuales; no así del honor necesario que redime al hombre verdadero.

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