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Nymphomaniac

Por @jcsosazpurua

“Nymphomaniac”, de  Lars von Triers, es quizás una de las películas más impactantes que he visto en mi vida. Y no lo digo desde un punto de vista gráfico, que ya sería suficiente, tomando en cuenta lo explícito y duro de las escenas, porque la fuerza visual que le pone a cada ángulo fotográfico es sencillamente arrolladora. Pero lo que deja cicatrices duraderas es la profundidad psicológica a la que somos sumergidos, porque la única forma de darle sentido a las cinco horas que dura la obra completa (Partes 1 y 2), es a través de la interpretación que debe hacérsele al comportamiento de los protagonistas, algo que toca las fibras más sensibles, escondidas en los rincones oscuros y prohibidos de la mente.

Muchos han criticado la última escena, he leído estrambóticas interpretaciones y críticas de los “expertos” más connotados, y ninguna de ellas da en el blanco.

No les arruinaré la película si no la han visto. Me limito a decir que la escena final es absolutamente magistral y cierra la historia con broche de oro, dándole forma al rompecabezas:  El hombre reprimido desata el nudo gordiano de su represión, hallando su destino en la misma frustración que buscó disipar; y la mujer torturada se libera de su esclavitud, para en el acto regresar a ella, pero con otro tipo de sufrimiento, de culpa; es el precio total de una venta del alma dada en cuotas prolongadas, un castigo auto infligido que sintió una paz fugaz que no pudo materializarse, ante la desproporcionalidad que esta paz implicaría con una vida entera sometida a la fractura de los cánones aceptados por la civilización…pero no diré más.

Pocos cineastas se atreverían a realizar un trabajo como este, y todavía menos lograr hacerlo exitosamente, sin caer en la pornografía desagradable o en el mar de clichés que no es despreciable en este tipo de temática. Pero lo asombroso de Lars von Triers es que usando la visualización más cruda, no dejando nada a la imaginación, jamás cae en lo ordinario ni tampoco en lo efectista.

Hay dos escenas que son desagradables, especialmente para el público masculino, pero aún en estos casos – en el primero se trata de una galería multiforme y multicolorida de penes, y en la segunda una discusión de dos negros africanos haciendo gala de sus erectas superdotes – el director imprime un aura científica (en el primer caso) y cómica (en el segundo) que de alguna forma logra disipar lo grotesco que sería el momento de no existir estos ingredientes amortiguadores de la repulsión.

Pero no deseo anular el efecto globalizado de la obra estancándome en dos o tres detalles discutibles, porque se perdería el efecto mágico que produce la película, como un todo y no como la suma de sus partes individualizadas.

El logro que la hace superior, es su capacidad de escudriñar un tema tan personal como es el sexo, para llevarlo a un ámbito donde se puede diseccionar cada uno de los aspectos con él relacionados: el amor, la adicción erótica (y cualquier otra adicción), la fidelidad, las inseguridades, represiones psico – emotivas, los tabúes sociales y de género, la homosexualidad, el poder, la sumisión, el sadismo, masoquismo, la animalidad y humanidad del ser, los miedos, la infancia y sus fantasías, los traumas paterno – filiales, relaciones conyugales, pedofilia (la íntima pulsión de maldad suprema antagonizada con la necesidad de una vida digna), manipulación de los sentimientos, las debilidades, culpa, la amistad, el autoengaño, confianza y traición, la hipocresía, crueldad, cinismo, el machismo, feminismo, los convencionalismos sociales, racismo, la moral, religión, las emociones en todas sus expresiones, soledad…y en cada una de estas facetas, mezclar la tensión psicológica con la más sofisticada técnica cinematográfica, logrando hermosas joyas visuales, cuadros sublimes que en sí mismos elevan la película a niveles excepcionales.

La primera escena presenta una oscuridad hipnótica, dándole paso a la tenue lluvia que choca con un tejado, mezclándose con suaves copos de nieve y una mujer (Charlotte Gainsbourg) acostada en el piso de un callejón solitario. Está brutalmente golpeada y sucia, y un hombre mayor, llamadoSeligman (Stellan Skarsgård), se acerca para socorrerla. Ella no desea a la policía, pero sí acepta un té en el monástico hogar del señor. Se limpia y recuesta en una cama; y seguidamente le pregunta a su anfitrión si desea escuchar la historia de su vida, si es que éste realmente quiere comprender qué cosa le ha sucedido, el por qué se encuentra en una condición física tan lamentable. El hombre acepta y comienzan los flashbacks con una niña de dos años descubriendo el deseo sexual.

La niña tiene una madre gélida, distante y un padre cariñoso pero atormentado (Christian Slater). Se vuelve adolescente (Stacy Martin) e inicia su descubrimiento del universo erótico a los quince años, ofreciéndole todos sus orificios a un joven un poco mayor que ella (Shia LaBoeuf), con quien eventualmente se enamora y tiene un hijo, para perderlos a ambos como consecuencia de una adicción que le impulsa a tener hasta diez encuentros sexuales diarios con diferentes hombres de las más variadas estéticas, extractos sociales e intelectos.

La compulsión de Joe (así se llama la mujer) es un tormento que esconde secretos que sugieren cientos de interpretaciones, pero a la vez implica para ella una manera de entender el mundo, y su condición humana, al punto de justificarla y reivindicarla con orgullosa resignación.

Las escenas sexuales no expresan placer, tampoco dolor, son una ventana que conduce al universo de la complejidad, donde se mezclan las emociones, desde la angustia depresiva hasta el éxtasis neurótico, que es una combinación de felicidad con la más terrible desesperación, un escape de todo para encontrar nada.

Gradualmente Joe se va precipitando en una adicción que adquiere tonalidades cada vez más intensas, y en su búsqueda de atenuantes, pasa por la negación de su naturaleza, la adecuación de sus impulsos a los cuadrantes sociales prestablecidos, la expiación a través de inútiles terapias de grupo, el sadomasoquismo culpable pero neuróticamente -bestialmente -placentero, resignación y ulteriormente la fatalidad.

El personaje de Sielgman también cautiva. Un ser solitario, académicamente erudito, ha compensado sus carencias afectivas refugiándose en los libros, adquiriendo conocimientos escolásticos de prácticamente cualquier tema; y aprovecha su peculiar sabiduría para buscarle una explicación plausible a los episodios existenciales de Joe, en un compasivo intento de calmar la culpa de la mujer, reducir su angustia, llevándola a un territorio psicológico donde la aceptación de los hechos narrados permita algún tipo de paz, descanso para un alma atormentada que se autodefine como maligna .

En la medida que avanza la historia, uno se percata que la terapia que está recibiendo la mujer, a través de la narración de su vida, es igualmente una elixir para su interlocutor, quien pareciera pertenecer a una categoría humana radicalmente opuesta a la de Joe, un asceta que se define a sí mismo como “virgen asexual”, que no conoce el sexo femenino ni masculino (salvo algunos ensayos masturbatorios en su muy remota adolescencia, que le dejaron indiferente), pero que en el fondo es irremediablemente humano, quizás demasiado humano como diría Nietszche.

“Nymphomaniac” no es una película fácil y definitivamente no puede ser vista por cualquier público. Para apreciarla, se requiere una actitud cuasi científica y una disposición de ánimo fría y abierta. Es una obra cruda, en ocasiones uno se siente abofeteado por el autor, pero cualquiera que conozca un poco la obra de Lars von Triers debería estar preparado para este tipo de experiencia, sello de fábrica del genial director.

La temática no es nueva y hay precedentes cinematográficos y literarios abundantes. Pero “Nymphomaniac” es singularmente original en la forma como se mezclan los elementos narrativos, visuales, musicales, psicológicos y filosóficos.  Las actuaciones son excepcionales y la dirección perfecta. Se trata de un experimento arriesgado y difícil que tuvo como resultado una obra maestra inolvidable.

Y si quieren una prueba, aquí se las dejo. Terminé de ver la película a la una de la madrugada. Pero en lugar de ponerme el pijama, lavarme los dientes y acostarme, decidí sentarme delante del computador y escribir esta nota, en un intento de ponerle pausa a mi cabeza, que no ha dejado de pensar en cada una de las escenas, persiguiendo respuestas en sus múltiples acertijos.

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