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¿Siguen siendo autónomas nuestras universidades?

Por @juanapitz de @VFutura

Sí. Esa ha sido mi respuesta. Pero me disculpo, de verdad. Debo confesar que no me gusta que me hagan esta pregunta. Causa pánico tener que enfrentarse a la paradoja de “somos autónomos porque aquí la comunidad universitaria es quien decide… menos los reales… sí, los reales los tiene el Ministro y bueno… él decide que hace con sus reales”.

Esto que llaman presupuesto son sus reales… porque, ¿qué Ministro entendería que el país se está desmoronando, que nuestros profesores —los que todavía quieren y pueden dar clases— ganan una miseria, que no hay comedor para tanta gente y aún así, te aprueba menos de un tercio de lo que se necesita? Pues un Ministro que ve la cartera ministerial como su propia cartera. ¿Qué pava nos habrá caído para que todos los Ministros vean a las universidades autónomas como sus hijas a las que le sube y le baja la mesada, como queriendo decir que si nos portamos bien —y no chillamos, al protestar— nos corresponde un poquito más? Hemos tenido años duros. Se nos han ido joyas académicas, ahora hasta ganan en dólares. Me contaron por el pasillo que unos hasta ganan en yenes. Tuve que buscar en internet cuánto era un yen en dólares y después cometí una travesura cambiaria y lo pasé a bolívares. Como dicen por ahí, ¡mi madre, una boloña!.

Hemos estado en un vaivén de imprevistos que dan ganas de llorar y reír a cualquiera. Imagínense que incluso la fundación de la Universidad de Caracas, aquella con nombre rimbombante de Real y Pontificia Universidad de Caracas, no pudo fundarse a tiempo porque cometieron un error en la redacción del documento que iría al Vaticano —para su aprobación de “Pontificia”— y le pusieron “Charcas”, en vez de “Caracas”. Nos atrasamos varios años antes de que la Universidad pudiera arrancar. ¡Por un simple error en el nombre, por dios!

No nacimos propiamente autónomos. Cabalgamos demasiado para lograr que nuestra Constitución nos considerase Universidades Autónomas. Al principio, dependíamos en gran medida de las órdenes del clero que se encontraba al otro lado del mundo. Comenzamos con 8 profesores elegidos por el Obispo, quien participaba hasta en la disciplina que se exigía a los estudiantes. Poco tiempo después, Carlos III modificó las Constituciones y permitió que un claustro de doctores eligiera al Rector. Allí fue cuando nos acercamos a lo que denominan autonomía administrativa y gubernamental.

Nos tardamos más de medio siglo antes que apareciese la verdadera autonomía universitaria. Luego de la violencia que desató Monteverde en el recinto universitario en 1812, Bolívar decretó los Estatutos de la Universidad 15 años después, y así, sólo así, es que la Universidad se hizo de un sistema universitario propio y profundamente republicano. Esa no es la sorpresa de nuestra historia, esto que estoy por contarles les impactaría mucho más.

En aquellos tiempos el interés se centró en proveer a la Universidad de la mayor independencia posible. La más anhelada hoy, la autonomía económica, se logró mediante varias fincas, rentas y obras que permitían a la Universidad correr con todos los gastos: sueldos docentes dignos, cátedras y bibliotecas, instalación de laboratorios, celebración de actos de grado y hasta cobertura de matrículas. No lo creerían, pero la Universidad tenía tanto dinero que ¡le prestó tres veces al gobierno para luchar contra los reformistas de Páez, Mariño, Ibarra y Monagas! ¡El propio gobierno llegó a depender de la Universidad! Éramos verdaderamente afortunados en todos los ámbitos.

Esto se vino abajo con los gobiernos de Monagas, y luego de un largo historial de conflictos, los estudiantes de la generación del 28 pudieron enaltecer el mensaje de la autonomía. De ahí en adelante, la historia de cómo hemos perdido o ganado más y/o mejor autonomía es bastante accidentado.

Autonomía no dice mucho a quien ve la Universidad por el suelo. Es fácil haber olvidado el significado de esta palabra cuando has sentido que todo funciona a medias. Aquí va un concepto: “estado y situación que permite gozar de capacidad independiente de acción para establecer y regir las condiciones que enmarcan la existencia”. ¿Hay alguien que todavía piense que la Universidad puede “establecer y regir las condiciones que enmarcan su existencia”?. No me dice nada, es una frase desalmada y superficial de lo que significa estudiar en una Universidad autónoma. Miremos más de cerca…

La Universidad es autónoma, en esencia, porque puede establecer sus propios fines. En teoría, sólo en teoría, las Universidades autónomas toman el rumbo que ellas han acordado. Los profesores cuentan con libertad de cátedra, lo que se traduce en que ninguna institución externa determina qué y cómo se dictan las clases; las reglas que la rigen salen de órganos elegidos únicamente por la comunidad que hace vida en la Universidad. Ésta, además, se organiza administrativamente como mejor le convenga y con recursos que… “se obtienen y gestionan en favor de los fines que se ha propuesto”.

Nada parece más conveniente para los estudiantes que la autonomía plena de las universidades. Todo en teoría suena muy bonito, pero estas autonomías funcionan a media máquina, hoy se ha puesto a la Universidad presa para servir y no entorpecer a un modelo que, evidentemente, no tiene ningún interés en que la Universidad Central de Venezuela ni ninguna otra universidad autónoma permanezca activa. Lo que la Constitución llama autonomía está en peligro de extinción; eso, a todas luces, es lo que padecemos todos los que queremos ver a la Universidad surgir de nuevo.

La pregunta sería, entonces, ¿qué es lo que todavía mantiene de pie a la Universidad? ¿qué hace que incluso sin presupuesto, sin sueldos, sin comedor, ¡sin clases!, no guardemos esperanzas por los reales del Ministro y luchemos hasta con el número más escaso de los recursos que nos queda? Ya creo que muchos hemos sentido la respuesta: la autonomía no es sólo de la Universidad, no es ni siquiera de un sector de la comunidad universitaria, la autonomía se lleva en cada cosa que hacemos y anhelamos conseguir dentro de la Universidad.

Somos autónomos cuando pedimos el presupuesto, pero también lo somos cuando no lo otorgan y movemos cielo y tierra para que volvamos a las aulas de clases; hay autonomía en el apuro por salir a Plaza Venezuela antes de que oscurezca, pero somos autónomos, verdaderamente autónomos, cuando salimos por esa puerta con los libros de nuestra biblioteca, con las revisiones de un profesor, cuando llegamos a casa y no sabemos si tenemos clases al día siguiente, pero igual estudiamos o, al menos, nos preocupamos. Hay, en cada cosa que hacemos, algo que contribuye a que la Universidad siga de pie; hay una amistad con los pasillos, un afecto por los panas, una pasión por los deportes, una desesperanza por la política, que aún nos ata a lo que la Universidad nos puede dar.

No me imagino la Universidad sin los diseños de Villanueva o los perros merodeando, pero la Universidad trascendió eso para quedarse en el esfuerzo de todos los que sufren hasta el último trámite para inscribirse, para cambiar de sección, para presentar los parciales, los finales, las reparaciones, los veranos… para pasar de año… ¡para llegar al Aula Magna!

He allí, con la boina azul, con los profesores, los amigos y la familia, donde está la verdadera autonomía de la Universidad Central de Venezuela. No nos dejemos arrancar eso…

¡Libertad o nada!

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