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Redistribución en Latinoamérica

Unos hacen de los silogismos del socialismo las causas, creando una tachadura a lo que presupone una fortísima dinámica de la realidad. Este ejercicio devino en quotes parcialmente ciertos pero que omiten el secreto a voces más perverso de la Izquierda en Latinoamérica.

Por @rafaelvalera96 de @VFutura

El socialismo es, en realidad, una redistribución de poder. No de “riquezas”, como la religión marxista-leninista reza. Tampoco de “miseria”, como aseguraban Churchill y Thatcher.

Sin ánimos de quitarles mérito a los dos últimos, claro está. Pero todas estas son consecuencias y no causas. Para ejemplificar mucho más claramente… utilicemos junto a la dinámica política en Latinoamérica, el ejemplo de mi país, Venezuela.

Desde la irrupción de la Izquierda en el establishment latinoamericano, la Izquierda ha sido referencia clara de cómo deforman, mutan y desploman las estructuras de poder con el fin de siempre generar un nuevo círculo vicioso de estatismo, corrupción, esclavitud, control y (por supuesto) miseria.

La redistribución se remite a la voracidad que todos los partidos políticos tenían en sus filas y dirigencias; unas tan “caprichosas” que la guerrilla les pareció un digno atajo. Este proceso era una clara lucha para decidir quien ejercería la capacidad de dominio y control con el medio más eficaz.

El resultado fue una posterior integración al sistema de esas “organizaciones beligerantes” creando un entretelón que barría hacia la sombra los destrozos causados y las alianzas directas establecidas con Cuba.

En el caso de Chile, la era pre-allendista estaba inmersa en un colapso de los partidos políticos, entre imputaciones y asesinatos de ministros por la guerrilla, alianzas aleatorias entre organizaciones que terminaron por consolidar la entrada del socialismo al Estado.

Si bien duró “poco” el régimen de Allende sólo le tomó un año para desfalcar toda la economía del país. Tragándose las reservas nacionales e implementándolas en prebendas sociales. La inobservancia de los partidos chilenos empeñados en rescatar sus cuotas de poder fue lo que posteriormente arruinó su nación y la dejó en manos de una dictadura.

La Unidad Popular se hizo con el poder que los conservadores y los liberales se debatían adquirir. Una convergencia de la Izquierda fue lo que emboscó su indecisión.

Para finales de los 80, al Norte lejano de Chile, las estructuras venezolanas estaban desgastadas y a punto de sucumbir gracias al aprismo de Acción Democrática y el coqueteo social-cristiano de COPEI con el comunista Hugo Chávez.

En paralelo, la escisión que se generó por parte de muchos militantes del bipartidismo estimuló la reorganización de fuerzas, ergo, la redistribución del poder. Nació, así, el ala de izquierda extrema que posteriormente apoyaría al protegido de los Castro.

Ambos países son pruebas fidedignas de que el socialismo redistribuye el poder de tal manera que el blindaje institucional sea efectivo y resguarde su existencia en el sistema. El manejo del país es algo posterior a ello. La realidad económica puede ser inhumana pero mientras el juego político esté “viento en popa”, su permanencia en el poder tiende a estar asegurada.

El marxismo-leninismo es el recetario a priori de todo izquierdista que desee controlar una nación; luego de eso… puede voltear un país entero y hasta puede conseguirse unos aplausos por ello; si es que el ego le pide cena.

El socialismo no redistribuye pobreza, sino poder para que esta sea tolerada.

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