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Viejo caminante, brisa tormentosa

Por @RafaelValera_ de @VFutura

Áspero mentón, odioso sonar, cegadora aurora. Niego todo aroma… pienso. Serena, muy serena sensación en mí; rebasa cualquier explicación posible. No lo sé… sólo pudiese tener una débil certeza, simplemente. Incómoda incisión de ideas trata mi mente, cual vacía cueva donde desconocidos habitan.

Heme ahí, con mis andrajos, reculando ya ante el inclemente Sol que los ha decolorado en tenues matices; como si mi carne fuese sitio donde yace la vivacidad del Prisma humano. No siento mis pasos… ¿Qué me desplaza? Sólo los oscuros reflejos de las alturas frondosas repiten mi somnolencia. ¿Será mi inherencia quien me lleva la delantera? No la culpo, verdaderamente. Décadas llevamos sin rumbo – al menos así lo sentía.

Me veo ahí, soportando millones de piedrecillas que punzan mi andar (ese que no puedo sentir). ¿Cómo lo sé? Lo escucho… algo susurra mi sensibilidad. ¿Qué más puedo hacer? Otra cosa… más allá… Confío sin mirarle a los ojos, pero antes pregunto por el lugar en donde mis zapatos rotos han de descansar. ¿Qué son? Lo mismo que yo: medios para lo demás; no son fin.

No es… temo que sea… algo me dice que no debe. Pero, ¿qué? Me encuentro ahí, observando inerte otra cosa: su silueta asimilada a un alguien, encorvada la veo… Por primera vez no me rehúso a abrir mis focos e iluminar mi pensar – ¡ya era hora! Veo a mi angustia recabando a mi existencia. Heme ahí, proyectado en mi alrededor, devolviendo mi propia mirada: esa con la que juzgué a mi poder.

Brisa, así le llaman; me fuerza a cubrirme en mi propia existencia. «No comprendo», me digo aturdido. Aquí y ahí, me siento y me veo. Estoy. Soy. Entiendo. Lo que veo es lo que me compone. Sí existe la perfección: avistarse a uno mismo; ese momentum sobrepasa cualquier creación. Sólo aquello que está por encima de mí es el Yo Futuro.

No puedo ser sin querer serlo; eso escucho en medio de la brisa tormentosa que azota mi razón. Tras años de pesares, en los que una agonía se desplazaba entre mis restos ya agotados, el poder ejercer sobre mí -para mí mismo- ha tomado el timón de mi vitalidad y la ha acentuado en mi espíritu. No queda otra respuesta, no puedo vacilar con mi nueva presencia en mi esencia: el poder es Poder. Nada más, nada menos. En mi decisión está el Poder, pero también el poder decidir perpetúa mi Libertad.

Esa palabra: sabor no capto cuando la pronuncio, pero mi cuerpo la siente como la brisa. Sabe de mí, me conoce. Se acerca lo suficiente y me hurta el habla como si hubiese venido a ello. Soy yo… con áspero mentón, las marcas de la longevidad resaltando; pero mis ojos, cuales olas de Punta de Piedras, resplandecen. ¿Por qué? Libertad… Libertad… Sólo eso… «Eres Libertad», me dice lentamente.

Ahora, sigilosamente, estoy en armonía con el Todo, porque es mi creación; siento mis latidos como si me hablasen. A mi olfato lo conozco como si me hubiese acompañado todos estos años. Sé a dónde ir; mis entrañas me claman avanzar, no detenerme: me aúpan para llegar a ser quien soy. No hay ídolos, no hay algo más fuerte y veraz que mi espíritu. Destruir, a martillazos, a cualquier artífice de la sumisión implica, para mí, aceptar a la Naturaleza.

Luego de incorporarme, no me veo ya en el camino. A lo lejos apenas puedo avistarlo con ojos dignos de un águila. Estoy elevado, lejos de la carroña que tenía por ‘‘vida’’. No siento rencor hacia el pasado; no odio a quien era porque así sólo vegetaba. Supero no porque quiero despreciar, sino porque me engañaba con la “felicidad” de sentirme mi propio esclavo. Veo hacia abajo y sólo hay huellas: la brisa tormentosa no puede borrarlas, como tampoco puede borrar las cicatrices de guerra en mi cuerpo: son evidencia de mi convicción hacia mi propia humanidad.

Y ahora… ¿qué significa todo esto? Pues que soy o muero. Por mi propia voluntad podré alcanzarme y, a la vez, alcanzarlo. No olvidaré mis errores, me contrastaré con ellos. Era nada y ahora soy algo. Juro no volver a hurtarme esta actitud, esta postura; si vuelvo a ocultarme este placer llamado Vida, yaceré ante mis propios pies.

Me juro: Yo o nada.

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